jueves, 26 de julio de 2012

el parche antes de la herida








¿cómo nosotros por medio de las palabras podemos quitarle extensión y asimismo otorgar distancia y fidelidad a una experiencia? ¿ cómo es ese órgano que nos hace pensar en tantas dimensiones? mis escritos son desde esta realidad. mis poemas están al borde de la desmesura. una pregunta tras la otra haciendo una llamada al lenguaje. a la dicotomía del lenguaje: allá y acá. la desmesura de lo invisible.





Natalia Rojas

martes, 3 de julio de 2012

de "ahíto"

*

acá el espejo tan basto de sí, que no se sabe, existe en la perforación de los ayes que se crían en vocal diluida. hecho huesecillo de madre, piel de la palabra que brinca rabiosamente en un crisol de madera y que no brinca y tiene paz, como lo blanco como lo igual como algo que acaba de salir del silencio

*
motor inmóvil acostándose en el siglo, en el epígrafe de la sonrisa triste que hay en la ventana de una despedida, figura de todo el vacío que hay en lo reunido, que se va a la lluvia de la lengua y se va a la lengua de la sed y se viene a la pupila que crece tras las puertas de esta noche quejumbrosa. tú, caldo de mi voz, del phatos sembrado en su olor; llanto de carne en medio de un diálogo humano con lo de un túnel, vamos que te sueño baldío en las misturas de vida, vamos cementerio verás de esta voz -que jura verte haciéndote en una melodía-, mediana como este hombre que te ve corriendo allí mismo donde respira y suicida un niño: vocal abierta de saliva fértil

*
ciego de algo quizá por distraerte, quizá por llegar al vidrio quebrado que protege mi hogar, lo opaco que tiene sonreír. avieso y desconsolado. te veo chiquito en los columpios del habla. te has callado, mutismo infantil de negras rodillas, bájate te digo, bájate, hay días en que los árboles te empujan, hacen creerte que su savia es tristeza, bájate te digo pequeño ahínco dolorido, bájate que me subo a conocer la altura, yo allí ahíta y montesa, allende al dolorido silencio: he dejado de nombrarte

*
e descubro tan apacible que te temo. iré con lágrima y boca abierta saltando por las cimas. asaltado por la bruma haré que me escuches: eres nombre, eres tierra, yo lo soy y tú te desdices. iré, juro que te iré, no cogeré las fieras ni temeré a las flores, sé que veremos juntos lo mismo: la noche que te dio a luz y su propio vacío

*
mi lengua de tierra, sombra afluente de aquel nogal que alcanza mirando a Dios y le dice a.
desde aquí todos se están tragando un sollozo. una letra del sonido. acá arde la invención en lo callado, todo es infancia, balbuceo, roedor trizado como ventana. sé que yo soy hija hecha de lluvia, sé que el poema es la historia de los precipicios, de lo que es sin padre, de lo que se incendia con la voz, pero mi lengua, pero mi turgencia, como boca de noche, por qué desflora la letra cuando deambula, qué pasa en el error


Natalia Rojas


de "coreografía de una vigilia"


*
está ardiendo el tiempo en los ojos de quien espera. se anegan los caminos con la coreografía de la retirada y la luz se hace silencio, quedándose dos veces en el oído del eco. así es como se calcina la velocidad del recuerdo que no llega. solo esto nos pasa, solo esto
 
*
ya logrando ver el retorno de cada cosa a su lugar me marcho por esa misma quietud melódicamente. no van mostrándose cuando se marchan, mas dejan lo que creen llevarse. la noche es de día mientras afuera se convencen los párpados que duermen. en esta noche la palabra fugaz mostraría el rostro de lo perdido. existe una violencia que se seca intacta, es una nueva forma de zarpar de los objetos

*
en la orquesta del vacío solo una nota se toca. con respeto y sin fin se ahuyentan las riberas de lo oscuro apenas quedando el gesto del recuerdo -un poema fue el autor que puso a andar los ríos.- que nadie se burle de esta madera callada: espejo del viento que no tiene viento solo la traducción del oxígeno cansado ya de imitar la tormenta cuando lo expiro -afuera, hermosamente, alguien quiere entrar-

*
en cada vértice, una fotografía: símbolo del estancamiento, del rechazo a ese otro que no participa dentro del cuadro. en cada vértice, una pelusa, una concha deshabitada; en cada vértice, el hollín de algún recuerdo -lo siento, no puedo quitarle el silencio a este oficio-

*
la lengua no fue la palabra que quedó atorada entre la puerta y la calle. la lengua nunca ha sido lo que he querido decir. quiero hablar del perro que se escucha su andar presto, de los precipicios y sus jardines, de los desolladeros que se queman con la inocencia. la lengua se hizo desierto cuando entró a la mía, vértigo cuando me escucha descifrándola 


Natalia Rojas







por la tarde dije tu sigilo frenando la luz
la única manifiesta en este arraigo

las cosas están desapareciendo

y hay un grito que aúlla desde el fuego
es la oquedad

hoy pude decir tu sigilo
que es el soplo

la calle vacía
tu nombre

que es mi voz arrancada por el tiempo
que es ese aullido que quema mi figura en la distancia

hoy conocí tu sigilo en el obstáculo
en la imaginación de mi boca ausente
en la mordedura que van dejando
todas las cosas al marcharse

esas que se van con la luz inadvertida
con la luz más oscura



Natalia Rojas

viernes, 29 de junio de 2012

Herrumbre






no es que mi casa sea de hierro
no es que el hierro aparente no entrar en mi casa
no es eso, es solo que hoy me lamo las heridas
y la lengua me queda fija a los barrotes

hecho que me precisa a mirar cómo el silencio
instruye a las puertas, a los pocos muebles
a quedar dos, tres, cuatro veces en silencio

en este adentro descansan los motivos de mi mudez
el recuerdo del impacto cuando abrí esa figura

esa patencia de lo abandonado por el sonido

acá se expande el origen y el despojo de un cuerpo inmóvil
asido al laberinto que huye de sí mismo



Natalia Rojas

Julio




que me lleven los pasos del niño que corre afuera
que me lleve en su boca azul de niño de invierno

no, no te asustes
asústate si ladro
pues solo sé habitar la aspereza del tiempo

déjame ir corriendo sujeta a tu sombra
quizás te corrija los cordones

solo déjame ir contigo hasta la casa de vuelta
déjame recordar esos árboles altos
que quebraban el vuelo del zorzal  

déjeme ver de nuevo cómo una niña mira debajo de una piedra





Natalia Rojas

Yo me he construido sobre una columna ausente.
¿Qué habría dicho el Cristo si hubiese estado hecho de este modo?
Henri Michaux


yo he sido columna ausente
el grito prensado del silencio
que se ataja de una ventana
para caerse
para alimentarse
para herirme en la pregunta

¿qué habría hecho Cristo
con todo este correr de vidrios?

con el alimento que ayuna mi boca

con el constructo vacío y uniforme
que baila poblando toda esta casa

qué diría Cristo si yo no fuera ella


señores, qué habría hecho yo
si todo lo que he escrito fuera verdad
y no ausencia  





Natalia Rojas

sábado, 17 de marzo de 2012


La noche: el arduo avatar entre la razón y la fe

            San Juan de la Cruz es uno de los poetas que gracias a sus obras, la lengua castella ha sido denominada, la lengua de los ángeles. El poeta carmeliano se entrega al ejercicio de la poesía, como el único camino que lo conduce al encuentro con lo divino: experiencia mística por medio del Verbo. Un ejemplo de éste, es el poema “Noche Oscura”[1]. Poema que fecunda el encuentro de la amada con el Amado. La amada acá es el alma que sale en búsqueda -a plena oscuridad segura- de la unión célebre. Quisiese tratar el símbolo de la noche en este poema, como el último lugar o guarida o refugio de Dios. En donde -tal como se dice en el título- se da presencia “al arduo avatar entre la razón y la fe[2]. Desentrañamiento que no impide quitar del poema la integridad del misterio, es más, considero que intensifica y oscurece esa noche de Dios, puesto que en la medida que seguimos ese mismo camino que transita el alma, nos confundimos entre esas sombras noéticas: palmando sin palmar, físicamente, entre la oscuridad el cuerpo de Dios, o como bien deberíamos decir desde ahora, el cuerpo del Amado.   
            El poema de san Juan de la Cruz nos demuestra que el lenguaje hace un esfuerzo para dar vida exterior a una experiencia interna, inefable, por lo mismo. Lo vemos a través de los oxímoros[3]: devenir que nombra lo imposible, es decir, la contradicción, los opuestos que nacen, obligatoriamente, del uno al otro, como es el caso de la luz que sale de la sombra, como esa misma luz oscura que guía al alma por la secreta escala disfrazada. Luz opaca de penumbra, más segura que la luz del mediodía. ¿Por qué es más segura, más confiable aquella luz que no alumbra, sino más bien que confunde? Porque es la luz  que irradia el cuerpo del Amado. Es la luz que fue abandonada por lo material y que recuerda la fe: la expericia confusa y grata de la aventura del alma. Hablar de la luz en este poema es nombrar la oscuridad, es callar lo que se oye en la alborada que se aproxima, es la luz que no nos da aviso de los límites, es decir, cobija el cuerpo y el alma del Amado en su infinitud que insiste en su expansión per se: la unión de la amada con el mismo Amado.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

            Amada con Amado transformada, que es lo mismo a decir, la expansión del cuerpo de Dios. Es la noche del encuentro, es la obra mayor de la noche: la criatura que nace en la penumbra, es el abatir de la intuición por la experiencia. Éste es el momento en donde se asoma con más patencia la penumbra, la que da origen a la tranquilidad del alma, pues su viaje ya ha culminado, no por ello queda el alma quieta ni sosegada, simplemente, dejó de ser “arduo avatar entre la razón y la fe”. Se detuvo ya el recuerdo de la estrechez de aquel viaje del alma por esa noche oscura. Se debe aclarar que no es un sueño el que está viviendo el alma, es una vigilia, es por ello que se habla de la experincia del alma en el lugar indicado, la noche, y según Foucault sobre la experiencia: “palabra demasiado cargada de contenido para designar tal transparencia alerta sobre sí misma, pero, ¿qué otra emplear que no ensordezca aquel silencio que está a la escucha?”[4]. Sí, una experiencia alerta y tranquila, pues en ningún momento se denota displacer, es más, el mismo recurso de los oxímoros nos evoca una suerte de tranquilidad en el viaje:
En una noche oscura
con ansias de amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada;

            Acá podemos notar que la reiteración del primer verso: En una noche oscura, nos conduce al misterio, a la incertidumbre, mas luego con el tercer verso, nos sitúa en el descanso, acto que se repite en todo el poema, dejando la sensación, que el proceso que está viviendo la amada dentro de esa Noche, es un proceso de sacrificio o purgación del alma, lo que implica dolor y satisfacción a la vez. Por consiguiente, la figura retórica -el oxímoron- se justifica con el tema: la forma y el fondo se apoyan. Entonces, vemos que además de ser un poema que clarifique un encuentro, es un poema del viaje que debe hacer el alma que busca maridarse con su último objetivo: Dios. Asimismo, es un poema del recuerdo, del lenguaje empírico, dado que el primer verbo que se dice en el poema, se dice en pasado: Salí sin ser notada, podríamos conjeturar que san Juan de la Cruz crea el poema en la mañana que seguía a esa noche oscura. Lo que nos dirige a pensar que el poema se hace desde la luz y es desde la luz que la oscuridad se hace más oscura. A fin de crear en el lector ese juego del ir y venir de la luz a la oscuridad; ir y venir de la realidad al presentimiento, del ir y venir del cuerpo al alma, del ir y venir del día a la noche, del ir y venir de la razón a la fe, creándole veracidad a la palabra del poeta místico:

En el despertar con el día, en la vigilia que mantiene su claridad en medio de la noche y en contra del sueño de los demás, Occidente ha dibujado sin duda uno de sus límites fundamentales; ha trazado un reparto de donde nos llega sin cesar esta pregunta que mantiene abierto el espacio de la filosofía: ¿en qué consiste, pues, aparecer?. Reparto casi impensable, puesto que sólo se puede pensar ni hablar después de él: no es posible pensarlo, reconocerlo y prestarle palabras más que una vez llegado plenamente el día y devuelta la noche a su incertidumbre.[5]

            Cuando Foucault hace la pregunta ¿en qué consiste, pues, aparecer? no puedo dejar de pensar en el poema como una epifanía. Entonces, el carmelita nos demuestra su experiencia por medio del poema, buscando en él, el lenguaje correspondiente que dé cuenta de dicha experiencia. Por lo mismo, el cura se aferra de la tradición, recurriendo a alegorías ya utilizadas con anterioridad, ejemplo de esto es el Cantar de los Cantares, de Salomón[6], en donde la novia va en busca del novio, en donde la novia también cruza un viaje para la transformación: símil de la amada con el Amado en la Noche oscura, así el poeta, justifica en cierta medida ese aparecer con la tradición. Aparecer que podemos, asimismo, verlo como un renacer:

Pues bien, dentro de los valores conferidos a las tinieblas -de las que la Noche no sería sino una variante- sobresalen los de carácter antropológico, según los cuales la progresión nocturna es equivalente a una muerte iniciática, por la cual se adviene a una dimensión ontológica o religiosa. Es decir, la Noche equivaldría a una inmersión en las fases negativas y dolorosas que conlleva el preceso místico como único medio que comporta el acceso a la nueva dimensión: el hacerse Dios por participación mediante la unión por amor. La Noche es una muerte a determinadas características del “hombre viejo” y un renacimiento del “hombre nuevo”, según términos paulinos que el santo adopta y adapta para sí.[7]

            Es interesante que ese aparecer no necesariamente coincida con la luz, pues en la quinta lira ya se habla -desde la dicha- de un aparecer que es la conversión del alma, siendo aún situada en la noche: “¡Oh noche que juntaste/Amado con amada,/ amada en el Amado transformada!”. Es así como vemos que la vitalidad es conjunta a la aparición de la verdadera Alma, dicha que pareciese cruzar el proceso de la ceguera a la vista o como más arriba fue citado, desde el hombre viejo al hombre nuevo, ahora el alma que viajó ciega y movediza, pasa a estar quieta y de alguna forma vidente:

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

            Acá el alma pasa a ser criatura plena de su Amado, abriéndose paso a otro tipo de percepción, como si con la llegada del Amado, el alma destinara al silencio como conductor de la realidad.  El silencio como el órgano que le hacía falta para entender el Verbo Divino. Esta es la sucesión de las Melodías que produce el placer de haber llegado a tiempo al encuentro con el Amado, es el descanso: “Quedéme y olvidéme,/el rostro recliné sobre el Amado”. Volviéndose un paisaje frondoso, montés, mas sujeto a un silencio que sólo puede producir la boca cerrada de lo metafísico. Pausadamente, vemos cómo se acumulan los conceptos de viaje, transformación, silencio y se dirigen hacia el concepto que ronda todo el poema: la Noche, como aclara el mismo san Juan: “Este sueño espiritual que el alma tiene en el pecho de su Amado, posee y gusta todo el sosiego y descanso y quietud de la pacífica noche, y recibe juntamente en Dios una abisal y oscura inteligencia divina, y por eso dice que su Amado es para ella la noche sosegada.”[8]Es una noche en donde participa el silencio como alerta de la verdad, pues dentro del día, dentro de lo mundano, el alma se ve perturbada por los sentidos que la imposibilitan a emprender el viaje hacia el Amado, es por ello que san Juan, inserta el viaje de la amada en una noche oscura, redefiniendo, entonces, la noche como el lugar de la experiencia mística o la cúpula en donde calzan las almas amantes:

Efectivamente, San Juan habla del día de la eternidad de Dios, que es otro que este día temporal. En el cual día de la eternidad predestinó Dios al alma para la gloria. Frente a este día en que se contemplará a Dios cara a cara, el alma y la Iglesia permanecen en la noche de la fe (…) pero por medio de la purgación de esta contemplación en fe, en que el alma es al mismo tiempo iluminada, se logran alcanzar los resplandores de los levantes de la aurora, resplandores empañados de cierta oscuridad[9]

            Pareciera que a lo largo del poema se erigieran, contantemente, los opuestos cara a cara. Como si uno, en su obligación de existir combatiera o agonizara frente al otro, mas sin eliminarse por completo, pues si uno no está, el otro también desaparece: lo oscuro no es sin lo claro, lo móvil no es sin lo quieto, la amada no es sin el Amado, el alma no es sin el cuerpo; el adentro y afuera se necesitan, la nada y el todo también:

Numerosos críticos han calificado a san Juan, en virtud de su insistencia en las negaciones, como Doctor de las nadas. Y si esto es cierto, no lo es menos que la negación radical, o progresión para alcanzar la Nada, está en función dialéctica de la obtención de un Todo (…) la negatividad de san Juan es espera, tensión hacia un futuro oscuro en el que alienta la esperanza de un tiempo vivo y eterno.[10]

            Está demás decir que la misma nota explicativa del poema ya anuncia que nos preparamos para leer una obra de carácter de espera o de tránsito: “Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.”  Podríamos denominar a san Juan como el emisario que viene entre la sombra y la luz, que describe el recorrido entre ese ir y venir, descripción que está sometida al aparecer de la luz de la experiencia o al “espacio del fiat, es decir, el espacio de la aceptación activa y pasiva de la penumbra”[11]Asimismo, vemos que esa descripción pareciese que fuera desde la contemplación, es decir, como si el poeta girara la cabeza hacia atrás y describiera el recuerdo de esa noche en donde su alma peregrinó hacia el Amado, descripción orgullosa y cargada de tranquilidad, puesto que su objetivo se realizó y se patentiza desde el lenguaje infinito que entregan los hechos naturales y sobrenaturales del poema:

En mi pecho florido,
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cabello hería,
y todos mis sentidos suspendía

            El poema es la presencia de un parto que se hace a sí mismo en medio de la oscuridad, en la negación de los sentidos. Madre e hijo aceptan la oscuridad como el proceso que los lleva a la luz: que es el mismo nacimiento que se busca en el poema. Es oscuridad como negación, es símbolo del avatir entre la fe y la razón: es el síntoma que se manifiesta cuando madrugamos y no sabemos bien si lo que acaeció es producto del recuerdo o del cansancio de la vigilia. Sin embargo, sólo lo podemos suponer, pues la experiencia la tuvo el santo, ese aparecer del alma transformada la vivió o la intuyó sólo él.



Canciones del alma que se goza de haber llegado al
alto estado de la perfección, que es la unión con Dios,
por el camino de la negación espiritual.
En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquésta me guïaba
más cierta que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que me guiaste!,
¡oh noche amable más que el alborada!,
¡oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.


Obras citadas


-           De la Cruz, san Juan et. al(1862). Escritores del siglo XVI. Madrid:Rivadeneyra.
-        Álvarez, María Auxiliadora. (2008) Experiencia y expresión de lo inefable en San Juan de la      Cruz. Hipertexto 7
-        Mancho Duque, María Jesús.(1982) El símbolo de la noche en San Juan de la Cruz. España:      Ediciones Universidad de Salamanca.
-        Biblia de Jerusalén. Antiguo Testamento. Cantar de los Cantares.
-        Foucault, Michel.(1996) De Lenguaje y Literatura. Barcelona: Paidós.
-        Berastáin, Helena.(2006) Diccionario de retórica y poética.México: Editorial Porrúa.


           










[1]    De la Cruz, san Juan et. al(1862). Escritores del siglo XVI. Madrid:Rivadeneyra.
[2]    Álvarez, María Auxiliadora. (2008) Experiencia y expresión de lo inefable en San Juan de la Cruz. Hipertexto 7
[3]    “Oxímoron (o antilogia, pradojismo, alianza de palabras). Figura retórica de nivel léxico/semántico, es decir, tropo que resulta de la “relación sintáctica de dos antónimos”. Es a la vez una especie de paradoja y una especie de antítesis abreviada que le sirve de base...”
[4]    Foucault, Michel.(1996) De Lenguaje y Literatura. Barcelona: Paidós.pág. 158
[5]    Ibídem, pág.159
[6]    Biblia de Jerusalén. Antiguo Testamento. Cantar de los Cantares.
[7]    Mancho Duque, María Jesús.(1982) El símbolo de la noche en San Juan de la Cruz. España: Ediciones Universidad de Salamanca. Pág.18
[8]    De la Cruz, san Juan et al.(1984) Poesía Religiosa. Santiago: Ed. Ercilla. Pág. 101
[9]    Mancho Duque, María Jesús.(1982) El símbolo de la noche en San Juan de la Cruz. España: Ediciones Universidad de Salamanca. Pág. 38
[10]  Ibídem, pág. 41-42
[11]  Álvarez, María Auxiliadora. (2008) Experiencia y expresión de lo inefable en San Juan de la Cruz. Hipertexto 7

viernes, 10 de febrero de 2012

paisajes, una aproximación a otro conocimiento

Vemos el viaje, la cadencia de la luz que cae sobre los objetos, el tránsito de la luz cuando se pronuncia. El viaje de la luz: el viaje del artista que recolecta imágenes y las trae a la orilla, acá donde estamos observando la intuición –ese otro conocimiento que se adquiere por el proceso-. El viaje lleva consigo el comienzo y el fin, la conclusión, los nueve meses: la Verdad. Álvarez, desde la altura -lo montés- nos señala que la naturaleza es el laboratorio, es el lugar en donde se precisa la lontananza para ¿ver, escuchar, oler, saborear, tocar? no, intuir esa verdad que impera y se esconde en el paisaje, es por ello que nos insiste en traducir el monólogo que hace la naturaleza.
Sí, estas obras son desde una altura, por ejemplo, lo altozano: la duna, lo que inevitablemente lía claridad, la altura implica tener que descender y, ¿cuál es la manera que tiene de descender el artista? es con los objetos encontrados en cada lugar, éstos son las huellas que lleva a los cuadros. El ensamblaje, la intervención de los objetos, son lo que nos demuestran una estadía; es el empoderamiento del paisaje, ilustran el lugar, remontan, son la abertura hacia ese sitio. Asimismo, son objetos libres, pues son objetos que de una forma gratificante han sido olvidados, transformándose en libres y olvidados por la ciudad, puesto que han perdido su utilidad, han salido victoriosos de la praxis moderna para echar a descansar su esencia, sus elementos y volverse en plenitud parte del nuevo paisaje. Podemos decir, entonces, que los objetos, tal como el artista, hacen un viaje, viven la transformación desde una orilla hacia la otra – y estoy pensando en los maderos, remaches, latas que se hacen parte del paisaje y que luego acompañan la obra como el ojo testigo del autor-.  
Frente a la vorágine el paisaje/obra no necesita al hombre, me llama la atención cómo es que el hombre queda marginado del paisaje e incluso ni el artista está ahí como hombre presente en la obra, el autor es un elemento más, es un curioso. Un curioso encargado de acuñar el misterio que, extrañamente, late en estos parajes. Esto lo vemos por medio de la representación de los fenómenos naturales, el viento como línea, una línea que contempla la distancia, como contempla el azar en estas obras. Vemos las sombras en las manchas, abandonando lo figurativo para acercarse a lo furtivo; la rapidez que tiene el viento de hacer cambiar el paisaje; la luz y su maternidad de abrigar/secar/crear los elementos en el recorrido. Estos paisajes empíricos, de formas abiertas, semicerradas, sensitivas, nos invitan a la idea del retirarnos para hacernos parte del envés olvidado del camino y así alcanzar eso Uno que ha atravesado el tiempo, los lugares, la historia del camino, la historia del espíritu para volverse coyuntura, para volverse conocimiento de lo alto, lo bajo, lo germinal, lo lejano, de lo que viene, de lo que se aleja, de lo que se hace color, esto es la tintura de la experiencia.


un-sitio-eriazo-es

no es desierto. lo húmedo, acá, es exacto a lo seco, a lo quebradizo. pareciera que cada cosa agoniza: luchas que hacen el equilibrio de vida y muerte, puesto que los objetos dentro de esta zona tienen un halo tibio que conformes invitan a una existencia perenne del devenir a quietud. las cosas de este espacio viven en el borde. forman parte de las organismos que la sociedad no está dispuesta a enterarse, es por ello que, estos sitios son cerrados, son un paréntesis en las ciudades, son un espacio-no; son un “erase una vez”; un pasado que se salta un presente,  un llegar a ser; un aún todavía no, esa es la inquietud, eso es lo que nos incomoda. no poseen un en medio fijo, son un proceso en donde el tiempo está asignado por quienes aspiran que este terreno se “haga” ya que ignoran que este sitio es y no saben que es desde el orgullo de algún derrumbe. al parecer los hombres tenemos una insistencia en creer que llegaremos a una altura, pero las cosas se caen y es un estado de normalidad, y sin embargo, seguimos tentando, perseguimos una construcción imaginaria, desafiando la filigrana de lo bajo, que solo es bajo cuando se observa desde un arriba, arriba que no construye: el arriba de ciudad. este tipo de sitios realiza, insisto, no representa, sino que realiza la idea de vacío en un lugar imposible. vacío aquí no es el concepto de vacío que conocemos. vacío no es el lugar de la desaparición, acá el vacío es la aparición de los objetos vaciados por el ojo social, es el desfile de cada cosa autónoma, que solo se necesitan de ellas en sí mismas para existir, son independientes de la mirada externa. eso es lo que hace agonizar su estadía: agón que solo vemos nosotros.  son el principio y el fin de la exterioridad que adopta la forma –exiliada e inseparable- de lo que no queremos ver: un vacío que lucha, es decir, un vacío con espíritu de libertad, puesto que todo eriazo se afana por extender-se; de hacer-se libre. sin embargo, nosotros, desde un allá, orillamos estos sitios como un lugar que no es natural, siendo que lo aórgico es informe como estos espacios, son todo lo contrario al hábito del ojo del hombre de ciudad, es decir, el verdadero orden, la armonía, lo bello no se representa, se presenta en este lugar que no es desierto, que es un lugar de “apariencia” inmóvil, como si el tiempo lo hubiese abandonado. concluyo que su estancia no está hecha para los ojos ni la visión, solo lo hondo ve –desde el vértice oscuroluminoso- que desarrolla el sinsentido: la infinitud. los eriazos nunca serán un desierto, nunca serán eriazos, pues son la morada, el domicilio de lo íntimo, son, aunque suene contradictorio, la apariencia del ser. el ejercicio explicativo de lo anterior es sencillo: lo hondo se expresa con torpeza, ilimitadamente torpe como lo húmedo y lo seco al mismo tiempo. 

jueves, 2 de febrero de 2012

"polluelo en la lluvia" acrílico, óleo y pétalos secos de rosas, sobre papel
"Corramos que va a caer la noche" óleo, acrílico sobre papel


Presentación de Pedernal de Natalia Rojas
Por Javier Bello



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Malas noticias: una mujer debe ser asesinada. El poema de Stella Díaz Varín, titulado “La casa”, representa la cabellera de una mujer como metonimia de su cadáver: “Dejaban mi cabellera colgando desde el tronco de la puerta como trofeo”, dice. Se trata de “un trofeo, una ganancia obtenida después de una guerra”, afirma Eugenia Brito, comentando estos versos; la sujeto del texto de Díaz Varín se vuelve así “un signo abierto y demandante. Un signo intercambiable, como una moneda”. “Yo diría que se trata”, explica Marina Arrate al respecto, “no de una difuminación de fronteras, sino al revés: de la forma de establecer el límite. El límite es una mujer muerta. (…) el precio de la civilización patriarcal ha sido pagada con el sacrificio de una mujer, con la mujer. Y he aquí, el tótem, los recuerdos del tótem.” Este crimen, que se declara ofrenda necesaria e implica un triunfo simbólico como consecuencia, entraña, además, la frontera, más allá de la cual resulta imprescindible que el cadáver sea apartado. El primate debe separarse del árbol, el niño de la madre, les está prohibido regresar. Los restos, como un trofeo, metaforizan la intransitividad e inmutabilidad de la Ley, y advierten sobre el inminente castigo para los infractores, son escarmiento y escarnio. Lo indeterminado debe ser cortado de raíz, de manera imponente y visible. Sin embargo, aquello que se perdió a partir de este “hecho de sangre” permanece en el inconsciente lo que dura el tiempo: azogue intermitente de la mirada-espejo de la madre y tamiz del sintagma roto de la piel materna, gruñido y vuelo de los animales que desafían la confiscación paterna del lenguaje y la cohesión simbólica de la especie bajo el paradigma marcado y dominante de lo fálico, lo vertical, lo erguido. A partir de la interdicción, lo indistinto –bestial y materno– representa en sí mismo todo lo que no tiene raíz, lo que deambulará en la psique y en el cuerpo femenino como un fantasma, a imagen y semejanza. Bajo este Pedernal de Natalia Rojas, es posible observar, sobre el propio cadáver desmembrado de quien habla, sobre los fragmentos de la sujeto en constante fuga metafórica, la rearticulación de esta escena, en la que se desposan imaginación y lenguaje. Sujeto tránsfuga y sujeto en trance, ella es la ofrenda, el “depositante silencio en llama”. Límite en sí misma, lo refrenda con su propio sacrificio y desintegración, y lo transgrede con sus apariciones hechas “pedazo”, las incursiones de su recorrido plural, múltiple, sostenido a partir de un “recuerdo anfibio y arrancado”, de su insistente excavación de esa “herida anónima”, el sitio de la mutilación, contraviniendo el mandato de lo constitutivo. Nos enfrentamos en la lectura a los paisajes de la madre como mácula, tal como la propone Lacan: “la mancha cubría el fino hilo invernal. (…) lo irremediable que se comprende. lo callado. lo distancia”, aquello indeterminado –lo– y aquello indeterminado terminante –lo ninguno– que ella debe “enjugar” en el poema. El pedernal –“dureza extrema en cualquier cosa”, según lo define el diccionario en una de sus acepciones– puede representar el arma en el crimen original, de ahí el pedernal que “choca”, las “flechas” que aparecen en estos breves poemas, su violencia incandescente. La chispa del pedernal puede, además, dar vida al fuego, al pacto de la tribu, luz y calor de los hijos en contra y a su vez en reemplazo de la madre abyecta; la hablante misma se transforma en ese fuego arcaico de venganza: ella es la hoguera y la llama, el recuerdo de haber sido victimaria y el recuerdo de haber ocupado el lugar de la víctima. Voracidad y plumas representan aquí la rebeldía ante las reparticiones y los órdenes del pacto tribal y, al mismo tiempo, la apropiación de la hablante del tótem que re-sacraliza ese primer cuerpo sacrificado. Canibalismo, violencia y amor bestiales sobreviven a la prohibición, y son representados en la ritualidad lujuriosa y al mismo tiempo mortuoria de estos poemas. Pedernal es un libro sobre el duelo, pero sobre el propio duelo, lo re-velado se transforma aquí en el velar –con un cirio– ese cadáver que sustenta toda apropiación simbólica, y que aquí resulta el cuerpo mismo de quién habla, de quien escribe. La ausencia de la autora, su supuesta muerte, insiste de tal manera que ella misma acude, como presencia significante, a la vigilia de sus restos, a decir con obstinación algo que le cuesta decir. No la dejan decir, no se deja decir, no puede, no se puede –“lo que se enmohece y se encalla”–, aquello que es de tal manera transgresor que altera el fundamento del lenguaje, su capacidad de manifestarse, su linealidad y cohesión, su coherencia, asaltadas paso a paso por la agramaticalidad de los juegos de palabras, los neologismos, los balbuceos pre-edípicos, los códigos auditivos y táctiles mamíferos y alados, resueltos en la significancia mayor del texto. La forma nuclear que asume esta aproximación en los poemas de Pedernal, si nos referimos a los estratos del pensamiento, la representación y el metadiscurso, es la de la tautología; reproduce la función intransitiva, intocable, de la Ley. “Sin pensar” –así se abre el primer poema del conjunto– la sujeto nos enfrenta a la factura de un pensamiento que, como el inconsciente, hace su propio trabajo, elabora la noche transformándola en noche –pero esta noche, la noche del propio duelo–, le permite a la sujeto devenir “estero como los esteros”, convierte lo mismo en lo mismo; su trabajo –extremo, intenso, absoluto– es circular, intenta iluminar lo iluminado, hacer visible lo visible, como la vela para los muertos encendida en pleno día, el tiempo de “la luz cuando es luz”, “la presencia que se ha ido al patio, al sol”, la mirada que la observa partir, la mirada que expone el fundamento visual, la presencia de la materia –el origen de la vida “perforaba la ventana”–, develándolo en su anverso poseído por la nada y la oscuridad, exhibiendo así el inseparable tejido que engarza, paso a paso, en el sin tiempo de la pulsión, libido y tánatos, vida y muerte. Metaironía, parodia seria, suspensión de las contradicciones y oposiciones del representar: ella está “yerta pero en pluma” (vertical/horizontal) y puede “alumbrar por dentro” (adentro/afuera). El drama de estos poemas comienza cuando lo que se encuentra presente parece no estar en el lugar de la tautología –“la mano tuya está-no”/ “está-sí”, “tus ojos cerrados”/ “abiertos”–, el desfondamiento de la sustitución de lo igual, la estrategia paranoico-crítica que articula, en estos poemas, la dualidad presente/ausente en una cara de la misma moneda y en su implacable ahora. Porque la sujeto, en su “amargo ejercicio” mistraliano, en su rojiana “metamorfosis de lo mismo”, “no entiende el vacío”: se trata de la “dicha perdida” que “pasa saludando”, del “brindis contigo”. El “Dios que dice” –una de las leves figuras del texto– se retira, dejándole tan sólo lo que no está, los ojos amados. La deja con/en los libros –remedos del Libro de la Ley–, cuyas páginas no se repiten como la mano amorosa que “se repite ausentemente”. Lo deseado, enuncia la poeta, es “fuego viejo que se quema hoy, que yace como ausencia, que emite ese abismo que se arranca”. Lo deseado se fuga presente en su propia ausencia, ausente en su estar, y ella es voraz, todo se vuelve “pedazo” insuficiente, fragmento de lo que no está. Necesita ver lo in-visible: “haz de este eco de plumas un órgano de fuego”, “haz un nido y muéstramelo”. Este fundamento que se agrieta y se ausenta parece identificarse finalmente con el poema –lo que no se ve, lo que no se dice– que en sacrificio final ella entrega al otro, al nombre del otro, perdiendo así su firma la escritura. “Encielar”, “enpiedrar”, “entrigar” son neologismos, formas de la transubstanciación –la pedernalización– de lo que quedará en lo mismo. Testigo, testimoniante, testaferro de la violencia ancestral, ésta se volverá contra ella, negándola: “una saliva ninguna. un azar ninguno. un quiétame ninguno”. La sujeto se pregunta “y ahora cómo lo digo”, “no logro terminar este poema”, pero lo dice, lo hace, lo escribe, se constituye a partir de su negación en tanto enunciante de las palabras que leemos. La acción performativa se lleva a cabo en su lenguaje y su cuerpo, por ejemplo, anunciándose y despidiéndose: “me voy llegando”, “adiós”, “hasta luego”. “Obrera de la risa”, ante la insoportable mismidad practica el “ejercicio del gorgojo”: demoler lo sólido, lo grave, corroer el fundamento, para transformar el viejo fuego en fuego nuevo, crear una “manada de espejismos”, como era “en un principio”, ser “la voz oculta de la historia”, ser la que perfora, pero termina rasgándose “entera como el riesgo”, bruñéndose a sí misma –erosionándose, como el pedernal; maquillándose, como la máscara–, gruñéndose como los belfos del animal, cantándose como el pájaro y el poeta, y como el poeta y el animal lo hacen con el lenguaje, tomándose, robándose, violándose, “de tajo a hurto”. “Quiero hacer conmigo”, varío el verso de Pablo Neruda, “lo que la primavera hace con los cerezos”.


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Selección de poemas Natalia Rojas
Pedernal (cuadro de tiza ediciones / Vox, 2011) 

sin pensar esta noche en noche, ardo un cirio, depositante silencio en llama. esta es la mano que me hace transitar. alumbra engaño a la luz del camino antojadizo que insiste arder una vela a pleno día

la mancha cubría el fino hilo invernal. yo no entiendo el vacío. enjugo la palma que rozó lo irremediable que se comprende. lo callado. lo distancia. y yo sigo enjugando porque no entiendo el vacío. la mancha se ocupa de desnudar lo que ves en el fuego y en la voz de los elementos

pedernal que se agita perdona la posible aparición de la poca palabra. presencia ajena y besada como el niño que bota el pan añejo. perdona por hundir y pronunciar. perdona por no aparecer y ser primeriza: el pedernal cuando choca, me inunda y promete flechas, lagunas y paladar. perdona por decir al unísono: humo, acantilado y cariño. perdona las paredes que llevo de álamos, crujidos y polvo. perdóname por perderme en el aliento último

y quedarme vapor. caudal llano de viento, ojos de la fruta aguda que habita en la mano. temblando en el recorrido de cada pata y bruces de este animal que me lleva a la residencia. alelí y cúrcuma. y hacerme beso alzando la mudez del tacto. la brisa y el trueno cierran el día. me aúpo, relincho e incendio la sombra del poema perdido: el que no escribo cuando me hago vapor. el que no escribo, pues lo encielo, lo dejo a tus ojos, lo enpiedro, lo entrigo, lo firmo con tu nombre.Presentación de Pedernal de Natalia Rojas por Javier Bellohttp://www.letras.s5.com/nro300112.html